miércoles, 8 de octubre de 2014

El cigarro de después



Se sentó frente al cuerpo sin vida, observándolo, empapándose de cada detalle para poder revivir la escena más tarde. Hacía tan solo unos segundos, estaba apretando el cuello de la mujer contra sus manos. Notó que cada vez necesitaba menos fuerza para sujetarla. Le excitaba tener en sus manos el poder de elegir entre la vida y la muerte de sus víctimas pero, a pesar de la sensación que le producía, una parte de él sabía que aquello no estaba bien y tenía que terminar. Se prometió que sería la última vez, de la misma forma que lo hizo todas las anteriores. 

Se quedó observando su trabajo, valorándolo, admirando el rostro de la mujer, que ahora yacía inerte en el suelo. Sus ojos abiertos y el pálido rostro denotaban el terror de su último instante de vida. El hombre no intentó reprimir la sonrisa que ahora se le dibujaba en el rostro. Había sido un buen estrangulamiento. Se lo había pasado bien. Satisfecho, encendió un cigarro mientras miraba a los ojos al cadáver de la mujer. Le mostró la cajetilla de tabaco abierta y, tras darle la primera calada al suyo, le ofreció:

      -¿Quieres uno? Esto no va a matarte.

viernes, 3 de octubre de 2014

Pesadillas







Se despertó sobresaltada, empapada en sudor y con las pulsaciones a mil por hora, a la vez que se incorporaba en la cama y observaba a su alrededor. A pesar de que la oscuridad reinara en la habitación, se sintió aliviada al oír la lenta y acompasada respiración de su compañera, que yacía plácidamente dormida.

Aún aterrada por la pesadilla, enterró la cabeza entre las piernas, haciéndose un ovillo, deseando empequeñecerse hasta el punto de desaparecer. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza, como si de esa forma pudiese hacer borrar de su cabeza a los monstruos que habitaban en su mente y aparecían en la mayoría de sus sueños. Reprimió un sollozo a la vez que una lágrima le resbalaba por la mejilla, dejando marcado su recorrido desde el lagrimal hasta la comisura de la boca.


Así, sin saber exactamente cuándo, consiguió dormirse de nuevo y, esta vez, no soñó.

jueves, 2 de octubre de 2014

A la luz de la una





La noche ya se había abalanzado sobre él, que luchaba por no acabar de nuevo en los brazos de Morfeo antes de poder terminar su cometido. Sabía que era cuestión de tiempo que la mente abandonase el cuerpo para elevarse a un nivel sobre el cuál no tendría control, pero ese momento parecía no llegar nunca. 
Se desesperaba al observar la hoja en blanco y ver que en ella no había nada diferente a la última vez que la miró. El hecho de que no fuese la primera vez que le ocurría era lo que conseguía ponerle de los nervios. 

Ya era un ritual. Llegar a casa y despejar la mente en una bañera espumosa, que parecía desbordarse en el momento en el que introducía el primer pie, acompañado de un cigarro y la maravillosa voz de aquella soprano que conseguía erizarle la piel para, después, sentarse en su pequeño escritorio de madera, donde le aguardaba su vieja máquina de escribir, aquella que solo utilizaba cuando tenía la intención de crear algo hermoso. 
Por desgracia para él, desde hacía tiempo, jamás conseguía presionar una tecla sin acabar convirtiendo su obra en una bola arrugada de papel que acababa junto a otra decena en la basura.

Aquella máquina de escribir que le había acompañado desde joven, ahora era un recordatorio constante de tiempos mejores, cuando se olvidaba de dormir por darle vida a sus personajes o por crear bellos mensajes que, después de escribirlos, los guardaba en una caja, convirtiéndolos así en sus mayores secretos.

Miraba el reloj, cansado de no escuchar más que el sonoro tic-tac y su propia respiración. A pesar de sus esfuerzos, no lograba olvidarse del reloj, que ahora marcaba la una. No era la primera vez que se paraba a pensar sobre su vida mientras observaba la fina manecilla que marcaba ritmicamente los segundos, recordándole que pasaban los minutos y él seguía como su hoja: en blanco.
De pronto, algo en su cabeza se activó. Sintió cómo su mente ascendía a un nivel que él no podía controlar, dejó de pensar en su reloj, dejó de añorar aquellos tiempos y empezó a acariciar las teclas de su vieja máquina con la ilusión de aquel niño que por primera vez es consciente de que, lo que ve sobre las carrozas de su pueblo, son los Reyes Magos.

En cuestión de segundos, ya había logrado escribir la primera frase:

“La noche se había abalanzado sobre él".